La violencia, la guerra y sus efectos políticos.
Notas para empezar a comprender el fenómeno de la Violencia
en Colombia.
Intentos para comprender la guerra en general
1.
La violencia tiene por objeto los cuerpos, cuerpos que descomponen, a los cuales les destruye sus relaciones constitutivas. Este es el carácter propiamente negativo de la violencia, su aspecto salvaje. Pero una relación constitutiva no puede ser destruida sin que las partes así dispersas entren en nuevas relaciones, este es el carácter positivo de la violencia, su aspecto creador.
La violencia encuentra en la batalla su legitimidad, el lugar de su ejercicio legitimo, legitimado y legitimante. En la batalla la violencia encuentra su orden, orden en el cual el enemigo, objeto de esta violencia, sea por su acción o por la amenaza de una violencia superior a la que puede tolerar, encuentra al final su cuerpo colectivo desordenado y sometido. La batalla, al ordenar la violencia, al gestionar ese movimiento cósmico de los cuerpos, convierte la violencia en un sistema orgánico de fuerzas.
En la batalla la táctica se encuentra subordinada al sistema orgánico de fuerzas, y la guerra no es simplemente la sucesión de las batallas sino su organización espacio-temporal, su diagrama diacrónico y su disposición sincrónica. La batalla se subordina a la guerra y la guerra a la soberanía, pues la guerra deriva de la soberanía amenazada o de la soberanía ejercida como movimiento de conquista o de sometimiento.
La violencia como ejercicio anárquico de la fuerza, no tiene ninguna finalidad, es puro y simple ejercicio sin finalidad. La soberanía al imponerle un orden a ese movimiento libre, extrae del ejercicio de la violencia un excedente, un orden del orden, que es como su propia finalidad. La soberanía constituye, organiza, así, en su forma más estrática, un cuerpo especial: la policía. La policía es el cuerpo constituido que deriva del sistema orgánico de las fuerzas, deriva del ordenamiento de este sistema: dota al sistema de un cuerpo organizado: orden del orden.
2.
La rebelión, la revuelta, son cuerpos, ordenamientos espacio-temporales de las fuerzas, o de las contra-fuerzas. Estos ordenamientos son instantáneos y locales. En la rebelión el elemento libre de la fuerza no adquiere un orden determinado, se trata siempre de un orden provisional, con jerarquías desconectadas y siempre proliferantes. La rebelión como contra-fuerza es movimiento, tentativa. No prefigura un estado, ni una soberanía, su sistema de jefatura es siempre conspirativa, anómala. En la rebelión se produce permanentemente una proliferación pasional de jefes-héroes, esta proliferación y la desconexión orgánica introducen constantemente una crueldad, una dureza propiamente miliciana: ejercicio local de la contra-fuerza, desencadenamiento de la violencia como poder caótico. La rebelión como contra-fuerza es potencia caótica, des-organización. En la rebelión, en el movimiento, en su perpetua movilidad, la cristalización de las jerarquías es provisoria, pasional y prestigiosa. La revuelta siempre es movimiento, pero es un movimiento finito y su finitud la determina la fuerza a la cual se opone.
3.
El campo de batalla delimita el espacio de la confrontación de los cuerpos orgánicos. Es un campo medido, escalonado y ordenado según una estricta disciplina que distribuye e impone los niveles de decisión, las reglas y los dispositivos. El dominio decisional está centrado en la función de comandancia.
El soberano, el soldado, el mercenario despliegan su fuerza en el campo en función de una táctica de la ocupación. Ordena y calcula para ocupar.
El rebelde encuentra su fuerza en su propio campo en el cual ocupa un lugar; el campo de batalla es, para él, el espacio ético construido por su propia contra-fuerza.
4.
Soberano y rebelde, al enfrentarse hacen saltar su propia unidad de fuerza-contra-fuerza y esta unidad estalla en una multiplicidad nueva, que es irreductible a la suma de los fragmentos de la vieja unidad ahora rota. Si los procedimientos que conducían la confrontación soberano-rebelde eran la batalla, la ofensiva y la maniobra, la nueva situación de libertad de acción implica desigualdades de velocidad sobre un movimiento propiamente infinito de la fuerza que, en adelante, se define como tentativa creadora. Los procedimientos son sustituidos por procesos cada vez más complejos. Ahora el campo se constituye como campo cualquiera que ya no esta definido ni limitado por la confrontación sino producido por el proceso de creación. Las nuevas fuerzas tienden a su realización y en esa misma medida afirman como fuerza positiva la no-batalla, consecuente de la no-victoria: multiplicidades de resistencia que entran en procesos de subjetivación como multitudes.
5.
A la heterogénesis de las resistencias responde la homogenización de los fragmentos como nueva soberanía. Estos fragmentos, producto de una unidad rota, incorporan permanentemente nuevos elementos que desajustan sus contigüidades y su consistencia. Es necesario, entonces, conservar unidos, sin reducir, este conjunto de fragmentos. Para “mantener en conjunto”, la soberanía dispone de una deontología funcional cuyos elementos son la corrupción –los cuerpos solo funcionan estropeados y estropeándose- y lo inmundo –la fuerza oscura como goma del mundo-: la excepción como estado permanente es el correlato necesario de esta funcionalidad. El estado, como tal estado de cosas, se articula en la doble pinza corrupción-inmundo, en la cual el hombre está, a la vez, presente (bajo la forma específica y concreta de prisionero o cadáver) y ausente (bajo la forma general de los “derechos humanos” y el protocolo II).
6.
Salta, literalmente, a la garganta, inesperado, el enemigo como enemigo cualquiera: terror global, ilocalizable, fragmentos sueltos de una máquina que marcha vacilante y animada por un único e inmenso motor inmóvil. Megamáquina que abriga en su seno las fuerzas que la amenazan y desafían obligándola a controlar las fuerzas y sus potencias, a redistribuirlas y gestionarlas en función de la seguridad global definida como terror (terror al terror). El amigo y el enemigo se lanzan en una curiosa tarea de controlar la fuerza y la contra-fuerza en función de una disposición global constitutiva de “la más oscura organización”: dicontinuum inmovile.
7.
La guerra, tanto como la paz, se han molecularizado, ilocalizado, entrando el relaciones de presuposición muy variables, muy desequilibradas. Estas relaciones, dentro de la lógica del terror, son objeto de un cálculo continuado de regulación global donde de la una a la otra el movimiento es, necesariamente, el de la continuidad, el de la mutua inter-expresión; han sido bendecidas con el signo positivo en función de la construcción-destrucción continua, en el escenario absoluto de la mercantilización total. En este sentido la apuesta como pueblo (representado) y como estado (representante) está marcada: “el casino siempre gana”.
8.
Precarios, irrisorios, los agenciamientos colectivos conectan las fuerzas moleculares en el movimiento subterráneo que, horadando la superficie, atraviesa una tierra descentrada, siguiendo la línea más inclinada y tortuosa. Movimiento de un pueblo que ya no está, que se mueve, que de todas maneras se mueve, y este es un movimiento diagramático –opuesto a cualquier movimiento programático-, que traza una estrategia de galerías laberínticas y a-centradas.
9.
Pueblo peligroso y amenazante, en la medida misma en que multiplica sus focos de resistencia. Las nuevas amenazas, tanto más despiadadas por cuanto han abandonado su simple posición de contra-fuerza, y tanto más imperceptibles por cuanto han claudicado –y es de esta claudicación que nace su potencia- frente a cualquier propósito de “toma de poder”; las constituyen estas fuerzas autonomizadas, que al auto-producirse y auto-posicionarse ya no esperan conquistar una espacio-temporalidad, pues ellas mismas son su espacio-temporalidad y la multiplicación de estas espacio-temporalidades modifica constantemente la geografía del mundo, renueva el “hiper-realismo histórico”, conquista –vector portador de alteridad- una narratividad que es presencia singular en nuestro presente y flecha lanzada al futuro como potencia guerrera contra el impotenciante nihilismo de la guerra.
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